EL TREN
Acababa de sonar la bocina. Era la última llamada a los pasajeros para abordar el tren. Agustín y Antonia estaban de pie junto al carro, con las manos entrelazadas. Los ojos de Antonia estaban a segundos de derramar las primeras lágrimas de la tarde y su única razón para contener el llanto era la petición de Agustín. Él le había hecho prometer que bajo ninguna circunstancia lloraría, porque una sola lágrima de ella lo haría dudar de su decisión y ambos sabían que este viaje era lo mejor.
Se habían encontrado tarde. Él tenía listas las maletas cuando ella llegó a su vida. Y lo que comenzó como un bonito recuerdo para el futuro, ahora lo hacía cuestionarse prácticamente su vida entera. ¿Por qué se había demorado tanto tiempo en verla, si siempre estuvo ahí, a su lado?
Antonia se reprochaba el no haber actuado a tiempo, el no haber sido más agresiva para que la hubiera visto antes, quizás hoy habrían estado paseando por un parque en lugar de estar a segundos de que el tren se lo llevara para siempre.
Agustín se iba lejos, Antonia no podía seguirlo. Ella lo amaba, él aún no, pero sabía que sólo habrían bastado un par de meses para que quedara rendido a sus pies y eso lo asustaba. No quería quedarse, sus planes eran otros, su vida estaba lejos, no ahí en el andén. Él era un hombre racional, fuerte, controlado, con futuro… ¿por qué esta vez la razón le parecía algo tan absurdo?
Se acercó a ella y la abrazó. Sintió el olor de su pelo, acarició su cara y sonrió. Le sería difícil olvidar esa piel suave y esos ojos grandes y profundos que, sin darse cuenta cómo, lo habían encantado. Antonia, aún con los ojos cerrados y acurrucada en el pecho de Agustín, intentaba respirar profundo para no arruinar el momento con ese llanterío incontrolable que sabía que haría su aparición un segundo después que el tren partiera.
Debía subirse al tren. Aquel momento era el comienzo del fin en la historia de Antonia y Agustín. Con suavidad, la besó lentamente y poco a poco, el beso se hizo más intenso, más profundo, más íntimo, más pasional. Ese beso era el resumen del camino que habían recorrido juntos.
Se miraron por última vez a los ojos. Antonia no pudo contenerse y un par de lágrimas corrieron por sus mejillas rosadas. Agustín, las secó con su pulgar, la besó en la frente y se subió al carro sin mirar hacia atrás. Con las manos temblorosas, el estómago apretado e intentando disimular el brillo de sus ojos por las lágrimas, caminó mirando hacia el suelo hasta encontrar su asiento, junto a la ventana.
Se sentó y la encontró rapidamente con la mirada. Ahí seguía Antonia, de pie en el andén, esperando a que el tren partiera y la historia se acabara. Agustín, con una mano en la ventana se despedía de esa mujer que, sin darse cuenta, le había cambiado el esquema de la vida. Antonia, su dulce Antonia, que lo hacía sonreír sin motivo y que lograba sorprenderlo con las cosas más simples, la misma que en lugar de responderle con un grito de vuelta cuando estaba de mal humor, esperaba un par de minutos para luego sentarse frente a él y decirle que lo quería pero que no abusara de eso. Como amaba que no lo reprendiera y que comprendiera sus silencios, sus gestos, sus cambios de humor, sus manías… Sacó su laptop.
El tren comenzó a avanzar. Antonia se quedó en el mismo lugar, viendo como el tren se llevaba a Agustín y con él, los mejores meses de toda su vida. Eso era lo que tenían que vivir, repetía una y mil veces en su mente, pero eran palabras sin sentido. En este momento no lograba comprenderlas, no podía, era casi imposible. Por un par de segundos, pensó tener en sus manos el poder de retroceder el tiempo y revivir todo el proceso de estar juntos, pero la realidad era innegable. Agustín se había ido. Para siempre.
Agustín, desde la ventana, ya no lograba verla. Antonia se había quedado atrás y ahora comenzaba esa batalla interna en la que él debía lidiar con ese sentimiento que lo asustaba tanto y que no había sido capaz de enfrentar. Pero ahora, a unos metros de distancia de ella, sabía que las cosas habían cambiado para él. Y comenzó a escribir.
“Siempre estuve solo y pensaba que sólo yo me bastaba para seguir viviendo… hasta hoy”

Saludos
Ahhh que penita!!!
Realmente uno puede sentirse en esa encrucijada. Y si ella lloraba, no lo habría comprendido como en verdad lo hacía, es un gesto increíble de amor el dejar partir.
Otra vez tendré que ir por mis pañuelitos. Pero me encantó!!!
Besos;
Clau =)
Me gusto demasiado, sobre todo porque situaste la historia ante el abordaje de un tren. Hoy muchas cosas dan vueltas en mi cabeza de manera positiva y se que las podré compartir contigo. Concluimos los viajes para adoptar otros, con valentía. Más aún dejar todo atrás para dejar partir.
Leamos a Brook?????????
Te quiero muchisimo mi niña linda
Te llamo, nos tenemos que ver
ROD
PD: lo olvidaba… YEGUA!!!
Hola sis, pucha siempre que te posteo estas acá al lado lo cual es raro, este escrito está muy bueno, hace tiempo no te leia con personajes así, no en primera persona…más novelado, me gustó. Bueno, bueno sis. Besotes…
Te quiero