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La última vez que escribí aún conservaba la inocencia y creía en su verdad. Las sonrisas y las certezas fueron las guías para descubrir la otra realidad, esa que siempre estuvo oculta a ojos de los demás y aunque por momentos parecía ser sincero, cruzar el sendero nunca fue pensado para ser un privilegio.
Momentaneo, externo, desvinculado, perecedero, siempre desechado al llegar algo nuevo. Poco o nada queda de aquel que pidió ayuda esperando recibir palabras que devolvieran la vida a su existencia, el olvido es la retribución de lo que algunos llaman tiempo perdido.
No es necesario articularlo, comprendo como 1 se convierte en 100 y 1000 en 3 y aunque sea virtualmente imposible eliminar la emoción, caminaré en dirección opuesta a mi cabeza y omitiré la reacción, así se enfrenta la vida cuando el olvido es obligación.
El silencio resultó ser categórico desde la última vez que te escribí, me liberó de los miedos, eliminó los nervios… destrozó mi corazón.

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